La Época Germánica

El Imperio Romano abarcaba todas las tierras en torno al Mediterraneo, el cual se había convertido prácticamente en su mar interior. Sus fronteras se extendían del mar del Norte a la línea de desiertos en el norte de África y del Atlántico al rio Éufrates en el oriente, siguiendo la línea que marcan los rios Rin y Danubio hasta el mar Negro. Sin embargo, en el siglo IV d. C. se inicia una serie de ofensivas provenientes del nororiente, que quebrantarían las defensas imperiales.

Desde hacía siglos, los germanos eran considerados como un peligro para Roma. Los emperadores Mario, Julio Cesar y Augusto lucharon contra ellos sin éxito. Ante esta situación, los romanos se habían limitado a defenderse y consolidar las fonteras del Danubio y el Rin. A pesar de esto, los germanos ya habían conocido la religión cristiana y en el año 200 d.C. Úlfilas ya había hecho una traducción de la Biblia al idioma gótico.

La causa principal que dio origen a la avalancha de los germanos sobre el Imperio fue el desplazamiento hacia el oeste de grupos tártaros y mongoles provenientes de Asia central. Al presionar estos a los germanos por el este, los obligaron a invadir el Imperio romano en busca de nuevas tierras y seguridad.

A esta causa se añadió el hecho de que en el año 395, al morir el emperador Teodosio se repartiera el Imperio entre sus dos hijos. A Honorio le correspondió el Imperio de Occidente, con Roma como capital y a Arcadio el Imperio de Oriente con capital en Constantinopla.


Es entonces que irrumpen tribus germánicas de muy distinto tipo, siguiendo las rutas que se ilustran en la figura siguiente:








Rutas de las migraciones germánicas







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